No, no quiero.
Cuentan que estabas tan lindo,
que absolutamente todas
creyeron de nuevo en el matrimonio.
He repasado nuestras fotos,
mi vida lejos de tu piel
es como si alguien de repente
pusiera de fondo mi voz grabada.
No me reconozco sin ti.
Yo, ya una cualquiera,
te acepto a ti como mi mayor aprendizaje,
echarte profundamente de menos
en lo próspero y en lo adverso,
en la pobreza y en la miseria,
en el dolor de tu ausencia
y en esta enfermedad de mi nostalgia,
todos los días de mi muerte,
hasta que la vida nos separe.
No te recuerdo de negro,
ni siquiera en lo más intimo de tu piel,
tampoco memorizo que alguna vez me dijeras
que querías ser príncipe,
no iba contigo tanta elegancia,
tanto desfile entre lo pasional y lo pactado.
A ti que tenía que llamarte tres veces
para que llegaras al orgasmo.
Tres veces, como invocando al diablo
para que aparecieras tú.
He brindado por ti en la azotea,
entre macetas que asocian la primavera
con tus dedos,
al fin y al cabo no puedo reprocharte nada,
la vida está llena de caminos.
Tú tenías hambre y yo sed,
tú una colección de sueños,
yo un aval interminable de promesas,
tú, cosquillas en los besos
y yo, lágrimas en la lengua.
Estábamos hechos el uno para lo demás
y lo demás siempre era peor que yo
y los otros nunca han llegado a parecerse un poco a ti.
A ti y a ese corazón que no te cabía en el pecho
y mis pechos que no te cabían en las manos
y esas manos donde mi vida bailaba
y esa vida que yo aceptaba otro baile.
Te imagino entregando el anillo
ante un cura que hubiera cambiado de profesión
por resbalar por mi escote.
Jurando fidelidad como si nunca
me hubieras conocido.
Firmando sin temblar en un libro
que jamás hubiera aceptado mi nombre.
Entrega ese anillo en señal de tu amor
y mi fidelidad,
en el nombre del padre (que no fuiste),
del hijo (que no tendremos),
y del espíritu santo.
Supongo que es hora de besar la derrota.
Poeta,
ya puedes olvidar a la novia.
He repasado nuestras fotos,
mi vida lejos de tu piel
es como si alguien de repente
pusiera de fondo mi voz grabada.
No me reconozco sin ti.
Yo, ya una cualquiera,
te acepto a ti como mi mayor aprendizaje,
echarte profundamente de menos
en lo próspero y en lo adverso,
en la pobreza y en la miseria,
en el dolor de tu ausencia
y en esta enfermedad de mi nostalgia,
todos los días de mi muerte,
hasta que la vida nos separe.
No te recuerdo de negro,
ni siquiera en lo más intimo de tu piel,
tampoco memorizo que alguna vez me dijeras
que querías ser príncipe,
no iba contigo tanta elegancia,
tanto desfile entre lo pasional y lo pactado.
A ti que tenía que llamarte tres veces
para que llegaras al orgasmo.
Tres veces, como invocando al diablo
para que aparecieras tú.
He brindado por ti en la azotea,
entre macetas que asocian la primavera
con tus dedos,
al fin y al cabo no puedo reprocharte nada,
la vida está llena de caminos.
Tú tenías hambre y yo sed,
tú una colección de sueños,
yo un aval interminable de promesas,
tú, cosquillas en los besos
y yo, lágrimas en la lengua.
Estábamos hechos el uno para lo demás
y lo demás siempre era peor que yo
y los otros nunca han llegado a parecerse un poco a ti.
A ti y a ese corazón que no te cabía en el pecho
y mis pechos que no te cabían en las manos
y esas manos donde mi vida bailaba
y esa vida que yo aceptaba otro baile.
Te imagino entregando el anillo
ante un cura que hubiera cambiado de profesión
por resbalar por mi escote.
Jurando fidelidad como si nunca
me hubieras conocido.
Firmando sin temblar en un libro
que jamás hubiera aceptado mi nombre.
Entrega ese anillo en señal de tu amor
y mi fidelidad,
en el nombre del padre (que no fuiste),
del hijo (que no tendremos),
y del espíritu santo.
Supongo que es hora de besar la derrota.
Poeta,
ya puedes olvidar a la novia.
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